PARKER & LENOX

Por: Ricardo Gutiérrez Chávez

Fotos: © 2015 RICARDO GUTIÉRREZ

 

Isabel decidió buscarlo, antes ya había agotado la posibilidad de encontrarlo en algún rincón del salón. Él, se había levantado de la mesa cuando ella cerró los ojos para escuchar el saxofón, al abrirlos ya no estaba.

Pensó que tal vez habría ido al baño. Lo esperó por cuarenta minutos hasta que se dio cuenta que ya no regresaría. Las cuerdas del bajo no dejaban de vibrar a pesar de que una se había roto, y motivaron a sus piernas para ir tras él. Siguió la ruta aprendida; el camino lleno de pistas que la llevaría a la salida, que también era  la entrada del restaurante estilo diner americano. Abrió la puerta y sintió el aire fresco, había llovido y el pavimento reflejaba las luces del ambiente ámbar. No lo encontró. Detrás de ella, el mesero salió con un libro en la mano.

 —Disculpa, tu amigo nos dejó esto para ti.

— ¿Mi amigo? —respondió Isabel.

—Sí, nos dijo que era tuyo y que te lo diéramos al salir.

—¿Sabes a dónde pudo haber ido? ¿Tú lo conoces?

—No, nunca lo había visto —el mesero entró nuevamente y ella se quedó con el libro en la mano, leyendo el título.

Llegó tres horas antes al restaurante, buscando un espresso. La fachada le pareció extraña, sin letreros y con amplias ventanas adornadas con persianas horizontales.  Abrió la puerta y se dirigió al final del pasillo. Llegó como siempre, corriendo a pesar de sus tacones; ya había aprendido a dominar la gravedad y el equilibrio con esos zapatos altos de terciopelo negro que simulaban encaje.

Se quitó la chamarra, morada como su bufanda; el invierno a punto de terminar, se defendió con un pertinaz aire frio que se coló por la puerta empujando al mesero hacia el lugar que ocupó la recién llegada. Le entregó dos cartas, una de bebidas y la otra de alimentos; de la primera escogió el café y solo por curiosidad leyó la segunda. “Dip de alcachofa: corazón de alcachofa con espinaca, salsa de queso roquefort y pan de ajo de la casa; Ensalada Parker: lechuga fresca con miel y romero, col morada, pistaches y queso cheddar añejo; Hamburguesa Portobello Burguer: Hongo a la plancha gratinado con queso de cabra, espinaca, cebolla crujiente, pistaches y nueces”.

El ritmo de los ingredientes despertó la necesidad de placer que logró controlar pero no disminuir. En las paredes del restaurante colgaban pequeños cuadros de madera que enmarcaban documentos bancarios antiguos. El mesero llegó con el espresso y ella, sin ninguna razón para hacer de sus dudas lo mismo que con su hedonismo, le preguntó sobre los cuadros:

—Es que esto antes era un banco —le contestó el amable joven; vestido de jeans, camisa blanca y tirantes negros.

Desde la calma, que precede a la inquieta frustración de la demora, esperó Isabel a que algo sucediera; mientras tanto, de su gran bolsa llena de los más extraños artículos, sacó un libro. Parece fácil pero la acción era muy complicada, primero abrir la maleta, después meter la mano y hacer a un lado, desde botellas de salsa picante hasta gatos peleoneros. Al sacarlo se dio cuenta que el separador de hojas había desaparecido, tal vez, entre los recuerdos que también habitaban en su maleta.

Al restaurante llegaba mucha gente pero las mesas seguían vacías. Veía que entraban y pasaban pero ninguna se estacionaba, siguió con la mirada a una pareja que entró y se dirigió hacia los baños, ya no aparecieron.

Isabel se levantó y siguió el camino de los visitantes y descubrió un pasillo pintado de negro que conducía hacia un espacio que parecía una bodega, como en todo viaje mágico, el pasaje representaba algo iniciático. Abrió unas puertas abatibles y descubrió el misterio, detrás de aquel pasillo había un gran salón clandestino, decorado con sillones acojinados, taburetes, mesas, y una barra atendida por alquimistas profesionales, quienes preparaban la “Gran Obra” con los cientos de botellas que contenían los deseos de los concurrentes,que al beber el elixir, veían la realidad transformarse en un set de cine de gánsteres.

Aunque el lugar estaba lleno, los asistentes se sentían cómodos, animados, alegres y hablando; sobre todo eso…hablando, no en voz baja pero si de todo. Isabel caminó entre la gente y al llegar del otro lado del salón vio una mesa donde había dos lugares, uno vacío y una persona ocupando el otro,era un hombre que desde que la vio entrar no dejó de mirarla. Él la invito a sentarse y ella accedió con timidez y confianza.

 

—¿Sabes cómo se llama este lugar?—preguntó Él.

—No, no había ningún letrero en la entrada —contestó ella.

—Tiene dos nombres, uno de ellos es el apellido de Charlie Parker, ¿Te gusta el Jazz?

Isabel asintió con una sonrisa infantil, de esas que contagian entusiasmo.

- Hoy tocará GoodFellas Band, te recomiendo pedir algo de tomar antes de que inicien.

Ella llamó al mesero y mientras le pedía un coctel de la carta, su compañero de mesa le dio un trago al Glennfidich sin dejar de mirarla.

—¿A qué te dedicas? —preguntó Isabel.

—Soy escritor.

— ¿Y que escribes?

—Música.

—Entonces eres compositor.

—No, soy escritor.

El mesero interrumpió el dialogo y dejó la bebida en la mesa, a un lado de la veladora; todas las mesas tenían una, era como un campo de agua que reflejaba las estrellas simuladas que colgaban del techo.

  

En el centro del salón estaba le escenario, el cual se descubrió al correr las cortinas rojas que lo ocultaban, entonces comenzó el jazz. Las notas viajaban a cada uno de los asistentes, tocándolos con un filamento de intensidad y ritmo que salían del bajo, y cuando el saxofón comenzó, esas líneas se iluminaron convirtiendo el salón en una gran conexión de filamentos de colores que se movían con cada golpe de batería y que cambiaban de tono con el sonido del piano y la guitarra.

Isabel no paraba de moverse y cuando terminaron de tocar estalló en un aplauso que se unió al de toda la gente para felicitar a los músicos. Giró para verlo y descubrió que él tenía un separador de hojas en la mano.

—Yo tengo uno igual —le dijo sorprendida.

—A ver, enséñamelo.

—Bueno tenía uno igual, creo que lo perdí.

Él le entregó el separador y le pidió que siguiera escuchando la música, pero ahora con los ojos cerrados. Isabel sentía que cada nota eran palabras que le recordaban cosas que vivió hace mucho tiempo; en los años de la prohibición cuando las personas se reunían en los speakeasies para tomar alcohol y escuchar jazz.

Abrió los ojos y él ya no estaba, lo esperó por cuarenta minutos y decidió salir a buscarlo.

PARKER & LENOX

Milán N. 14, Col. Juárez, Del. Cuauhtémoc, México D.F.

Horarios

Lunes a miércoles de 13:00 a 00:00 hrs.

Jueves a  sábado de 13:00 a 02:00 hrs.

Teléfono

5546.6979

  • Enamorada de tu trabajo Ricky.
    Me encanta la historia super interesante, y las fotografias no pues exelentes. Felizidades muy buen trabajo:)

  • Ana hermosa, muchas gracias por tus palabras, te mando un abrazo enorme. es un honor que nos leas. :)

  • This story has an amazing message, through out the whole time that I was reading it I just couldn't stop and had to continue on to the next sentence. I feel that the story can relate to so many of us out there. We do not realize how much it can take for one person to change your life. I hope that this continues on and he continues to write many more I would definitely want to continue on to read many more of these stories. I look forward to it. Great Job to the writer Ricardo Gutierrez

  • Dear Maria: Thanks a lot. Thanks for your words, and for read REVISTA LATENTE. Soon you will read more stories. :)