Pinche Gringo

Texto y fotos por Ricardo Gutiérrez Chávez

Juan llegó de los Estados Unidos de América, si, llegó porque de allá vino, y no me vengan con la cantaleta de que los eufemismos son formas de esconder nuestra realidad en un lenguaje evasivo, si no quiero decir “lo deportaron” es para no abonar al marketing que ha impulsado la popularidad del pinche gringo que ha usado a México, con todo y presidente, para difundir su propaganda política.

Pues bien, llegó sin equipaje, desde el aeropuerto se trasladó en el metro hacia Ciudad Azteca, sus tíos no lo esperaban, ni siquiera lo recordaban; lo recibieron como a un salvador pensando que tal vez entre sus ropas traería un buen fajo de dólares que pudiera servirles para pagar las mensualidades atrasadas del taxi.

Lo instalaron el cuarto de Kevin y como no tenían que ofrecerle de comer le sugirieron que salieran a un restaurante y así aprovechar para mostrarle lo mucho que había cambiado la Ciudad de México. Le explicaron que ya no se llamaba D.F. debido a que el gobierno, con tal de cobrar más dinero por actualizar los documentos oficiales, había decidido cambiar el nombre de la antigua Tenochtitlan.

Subieron al Tsuru blanco con franjas rosas, Alejandro, el tío de Juan apagó el taxímetro y guardó en la guantera el bloqueador solar que usaba sólo en el brazo izquierdo para evitar el cáncer en la piel. Angélica subió al auto por la puerta trasera junto con sus hijos: Kevin y Shirley, al primero le pusieron ese nombre por el actor Kevin Costner y a la muchacha, aunque no había nacido con la gracia de los caireles rubios, la bautizaron con el nombre de la actriz infantil Shirley Temple.

—Shirley, tu que conoces, dinos a dónde vamos a comer —le dijo Alejandro a su hija adolescente.

—Pues podemos ir al “Chilis” o a “la Casa de Toño”.

—¡Si, vamos al pozole! —gritó Kevin—. ¿Te gusta el pozole primo?

—Oh pues lo que ustedes quieran —contestó Juan desde al asiento del copiloto—, ¿a usted qué se le antoja tía?

—Si quieres vamos al pozole, pero llámame Angie, así me dicen todos, hasta mis hijos.

Después de hora y media en el tráfico y aburridos de escuchar la información turística que presumió Alejandro, llegaron al restaurante de pozole; su frustración creció cuando vieron que la fila del estacionamiento llegaba hasta el viaducto y una verdadera muchedumbre esperaba afuera para poder entrar. Kevin, que conocía la colonia Narvarte, no sólo porque su escuela, donde se preparaba para el examen de admisión a la UNAM, se encontraba ahí, sino porque también su novia vivía en esas calles, les dijo que sería mejor que fueran al restaurante Pinche Gringo.

—¿Así se llama? —preguntó su mamá.

—Ah ya lo he visto, está aquí cerca —dijo Alejandro con sapiencia.

Decidieron no entrar al estacionamiento y dejar el auto a la orilla de la calle, llegaron a la esquina de las calles Cumbres de Maltrata y Palenque. Angélica, perdón, Angie y Shirley vieron con sorpresa que se trataba de una construcción, que más que restaurante parecía una vecindad, Kevin les dijo que por dentro si estaba bonito y que antes de entrar debían formarse para pedir la comida.

 

El taxista pidió a sus hijos que se adelantaran para apartar una mesa, mientras él, junto con su esposa y su sobrino político se formarían para hacer el pedido. Delante de ellos había doce personas formadas lo que aprovechó Angie para platicar con el hijo de su hermana menor.

—¿Y tu familia, por qué no los trajiste?

—Oh pues a ellos no los agarraron, nomás a mí.

—¿Agarraron, quienes?

—Oh pues la migra tía, digo Angie.

Un joven barbón les mostró una madera que cargaba y que indicaba el pinche menú en spanglish, a él le preguntaron sobre los detalles de la comida, pero el muchacho, tal vez aburrido de cargar la tabla, les contestó de mala gana, total que no entendieron su explicación.

Angie preguntó al oído a su esposo si había traído la tarjeta de crédito, ya que sospechaba que el sobrino no traía nada de pesos, mucho menos dólares.

Al avanzar la fila llegaron al interior del local, y desde ahí vieron que Shirley y Kevin ya habían apartado unas bancas tipo duh desde donde les gritaron su pedido.

—¡Yo quiero un Pulled Pork Sandwich y una coca de refill! —gritó Shirley.

—¡Para mí un Brisket Sandwich y un sidral! —pidió Kevin.

Alejandro al escucharlos volteó a ver los pinches precios, calculó que por los cinco, la cuenta sería por lo menos de setecientos pesos. Ya casi al llegar al food truck Airstreem 12182 color plata, desde donde estaban cuatro muchachos cocinando y dos cajeras cobrando, le preguntó a Juan qué pediría de comer.

 

—Oh, no hay tacos de cabeza, pues lo que ustedes quieran.

—Bueno te pediré lo mismo que quiere Kevin.

Alejandro al notar que Juan no hacía muestras de sacar dinero, le preguntó si quería que pagaran al estilo americano.

—¿Oh y cómo es eso? —pregunto Juan.

—Pues cada quien lo suyo —respondió Angie con enfado.

Juan les explicó que no traía dinero debido a que el día que la migra lo detuvo, le quitaron los dos dólares que traía y que ni siquiera podía pedirle a su familia que le mandara, ya que a su esposa la habían corrido de la fábrica desde el día que el pinche gringo ganó las elecciones.

Alejandro hizo el pedido y decidió pagar con su tarjeta de crédito, Karen, la cajera, que portaba un botón en su t-shirt que decía “Hello”, intentó el cobro, pero al no tener éxito, preguntó al cliente si tendría otra forma de pago.

—No señorita, disculpe, por favor cancele el pedido —solicitó Alejandro.

Kevin estaban viendo el partido de futbol en las pantallas del restaurante, mientras su hermana coqueteaba con el cantinero tatuado que servía cervezas en vasos de plástico desechable, ambos vieron que sus padres les hacían señas para salir; confundidos se levantaron y los cinco caminaron en silencio hasta donde habían dejado el taxi.

Pinche Gringo BBQ

Cumbres de Maltrata N. 360

Narvarte, Ciudad de México

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