EL CUMPLEAÑOS DE MICAELA

Por Martín Castela

La madera vieja de la banca donde ella se sienta todos los días en la iglesia, tiene la textura rugosa y quieta como la piel de la pequeña Micaela cuando la encontraron a un costado del río después de que la corriente se la llevó.

Cada mañana, desde hace cuatro años, se sienta frente a la imagen de San Chárbel, recarga los brazos en las piernas, entrelaza los dedos de las manos que esconden algo, y con la cabeza inclinada mece su cuerpo y balbucea durante horas. Mira cautelosamente y espera a que ya no haya nadie que le rece a su señor, o le cuelgue un listón en esos brazos misericordiosos, o encienda una veladora en agradecimiento, o llore y bese sus pies de arcilla, para entonces sí, quedar sola ante Él y la escuche sin que nadie más le quite fuerza e intención a la súplica que alivie a su pequeña hija.

Esa noche antes de cerrar la iglesia, sin que ella otra vez haya logrado estar a solas con el Santo para pedirle el milagro, el diácono, un hombre viejo y barbado, le ofrece, como de costumbre, levantarse y abandonar el templo.

Ella regresará la mañana siguiente con el listón amarillo oculto entre sus manos y seguirá esperando ser escuchada por el Patrono de los que sufren en cuerpo y alma. Será veintisiete de abril, la pequeña Micaela cumpliría nueve años.

Foto: ©RiccardoGCh

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