Lo trascendental de la insignificancia

Un paseo por la novela ensayística de Milán Kundera

Por. Anaí Palacios

A Hermano

Leer La fiesta de la insignificancia resulta una extrañeza para los lectores asiduos de Milán Kundera; y es que, en su libro más reciente, el autor nos deja ver un estilo enteramente nuevo. ¿Cuándo se había visto que Kundera detuviera la narración para darnos explicaciones?

  

Es un libro diferente, pero no malo, como algunos críticos literarios han querido resaltar. Si bien, la presión filosófica que nos hace sentir en sus novelas anteriores, en ésta se aparece tenue; el autor nos entrega, nuevamente, una novela ensayística digna de su pluma. 

No podemos hacer oídos sordos al gran tramo que hay entre La fiesta de la insignificancia, 2014, su último libro, escrito directamente en francés; y La broma, 1968, su primera novela, redactada en checo. Entre ellas, el autor nos ha entregado ocho novelas que hoy forman parte de los clásicos de la literatura universal.

La temática humana, ética y realista; que es base de su narrativa; hace de su lectura, un viaje al propio subconsciente. “¿Soy leve o pesado? ¿Deseo la inmortalidad? ¿Pongo lo banal sobre lo digno?”

La conversación entre Goethe y Hemingway, que tiene lugar en La inmortalidad, 1988; es uno de los pasajes más emblemáticos de su obra. Dos grandes quejándose de la inmortalidad.

Sus historias están ambientadas en la Checoslovaquia socialista dominada por la URSS y en los primeros años de su caída. Un mundo en que los sentimientos humanos estaban supeditados a los mandatos de un dictador, y en el que la confusión era reina en la libertad. Un lugar en el que no se podían hacer bromas; y en el que los hijos tenían que cargar con los errores de sus padres.

La fragilidad humana hace de sus personajes seres entrañables. ¿Cómo olvidar a la insegura Teresa (La insoportable levedad del ser) o a la indecisa Agnes (La inmortalidad)?

Los pensamientos de Sabina en La insoportable levedad del ser, dónde compara la personalidad de su amante, Franz, con las ciudades de Europa; calculadas, planeadas, ordenadas; y la suya con Nueva York, desordenada, pero anhelada. Incluso, el deseo lascivo de venganza que siente Ludvik (en La broma). O el sincero interés de Alain en descifrar por qué se ha dotado al ombligo femenino de una carga erótica (en La fiesta de la insignificancia).

Milán Kundera toma los conflictos filosóficos, éticos y morales; típicos del ser humano y te encapsula en una trama dolorosa que es, al mismo tiempo, complaciente.

Hay quien ha visto en La fiesta de la insignificancia un último esfuerzo del autor para dejar un testamento de su obra y están quienes han declarado a ésta novela, la revelación de la senectud del adorado Kundera. Sin embargo, yo veo en este libro un texto tan digno como sus novelas anteriores, en la que el autor trata otro rubro de la condición humana. A tal grado, que lo insignificante se vuelve trascendente. 

Gente en la conversación

  • Yo me sorprendí mucho cuando hace eso de tomar su voz en la historia. Si algo me gustó de la insignificancia fue la anécdota de Stalin, y el idilio entre la sirvienta y el actor
    Por cierto, buena nota.
    Saludos desde aquí