El infierno y sus ciudadanos

Por. Iván Rodríguez Lara

He elegido analizar Ciudad de Dios de Paulo Lins porque es un libro, que aunque se inscribe originalmente en la realidad brasileña de los ochentas, refleja perfectamente la sociedad latinoamericana de este momento.

        Empezaré diciendo que Cuidad de Dios maneja un enfoque diferente de la violencia, tráfico de drogas y armas; en sentido opuesto a La virgen de los sicarios. En este último (por cierto, también muy recomendable) el personaje principal mira la violencia a través de sus ojos de intelectual bien posicionado, como si estuviera por encima y no se manchara con todo lo que ocurre en Colombia. Desde el principio el personaje principal de La virgen de los sicarios se reconoce como un forastero, y como un forastero se va.

En cambio, en Cuidad de Dios los personajes están completamente inmersos en un mundo de violencia y destrucción. En ese sentido no hay una perspectiva elitista, no hay personajes que estén más arriba, todos están hundidos en el pozo oscuro de la miseria.

Paulo Lins se atreve a ir más allá. No sólo presenta la violencia, sino que esboza las causas de dicha violencia. Además de denunciar a la sociedad brasileña y su arraigado racismo, habla de antecedentes históricos.

La novela se contrapone a la idea muy difundida de que los latinoamericanos son violentos por naturaleza, y muestra que esta violencia, que ha destruido el tejido social, se debe en muchos casos a una explotación que empezó hace quinientos años y que no se ha detenido. Finalmente, esos viejos hacendados blancos que dominaron la economía brasileña siguen manteniendo los monopolios en la política, la economía, la sociedad y la cultura. Y los negros, los pobres, luchan entre ellos, se matan y se engarzan en venganzas sin fin para alimentar esa enorme maquinaria que extrae cocaína y trafica con armas.

En el libro se pone de manifiesto que el control sobre los negros no se reduce al ámbito político. Uno de los personajes (Paldanzinho) se empeña en asemejarse a esas elites blancas que se llevan los puestos políticos, las mejores mujeres y todas las ventajas sociales.

La división es más clara en el ámbito musical. Mientras que en las favelas la samba es un elemento identitario, las clases altas escuchan la nueva música popular brasileña. Y para mediados de los 70’s, Caetano Veloso y Chico Buarque quedan opacados por las modas traídas de EUA, el Rock y la música disco.

Los que tienen menos, los pobres, se asesinan unos a otros para mantener satisfecha la nariz de las élites

El esbozo de los problemas sociales plasmado en Cuidad de Dios aplica en el caso mexicano. La extrema desigualdad social, y ciertos aspectos raciales, han orillado a muchos jóvenes a enfrascarse en la famosa guerra del narcotráfico, donde de nuevo, los que tienen menos, los pobres, se asesinan unos a otros para mantener satisfecha la nariz de las élites.

Los rasgos culturales que otorgaban identidad se han ido perdiendo y esos jóvenes inmersos en la “narcocultura” adoptan términos extraídos del inglés, beben whisky para darse estatus y gastan muchísimo dinero para imitar a la clase alta de la que están tan alejados. Pero lo más preocupante es que los demás países entiendan el problema mexicano como algo meramente cultural, natural en una raza tan salvaje, y no como un conflicto generado hace mucho tiempo, a raíz de las políticas colonialistas del viejo continente y que se perpetúan con el modelo neoliberal que rige actualmente. 

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