Libros mierdas: una poética de los malos libros

por Alberto R. León

Twitter: @_mrleon

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Quién no ha decidido comprar un libro por el título o la portada, por recomendación de un amigo o simplemente porque es el autor de moda (generalmente autores ganadores de premios), para después de unas cuantas hojas decidir no continuar leyéndolo porque nos damos cuenta que es una mierda. Quién no ha maldecido la hora en la que pagó por esa novela o poemario que evidentemente no valen ni una céntima parte de su precio; sería entonces necesario ir con la persona que hizo la recomendación del libro y aventárselo en el rostro para que se lo quede, ya que tanto le gusta.

En muchas ocasiones los lectores tenemos que correr riesgos, es parte de nuestra íntima y personal conspiración con la literatura. Es algo que aceptamos sin cuestionar, por ello nos exponemos a decepciones inevitables cual se tratara de fracasos amorosos cuyo génesis es la obsesión y la enfermedad. Los libros malos existen, los encontraremos una o diez o mil veces a lo largo de nuestra vida; los odiaremos, criticaremos y, de ser posible, cagaremos en ellos y en sus autores. Teclearemos millones de caracteres en su contra, desde luego, prevendremos por cualquier medio a otros incautos de no cometer el mismo error que nosotros. Sí, los malos libros son parte imprescindible de la literatura. Por supuesto, el juicio que se emite sobre ellos es inequívocamente personal: hay libros malos de autores buenos, libros buenos de autores malos y libros malos de autores malos (las más de las veces); quiénes y cuáles son, cada uno los elige. Lo cierto es que a todas luces no se puede negar cierta “poética del mal libro”.

            Es preciso señalar que un libro malo no está necesariamente vinculado al abandono de la lectura. Abandonar la lectura es, en dado caso, una crisis que puede ser provocada por diferentes circunstancias como pérdida o robo de nuestro ejemplar, tener otras ocupaciones o la imposibilidad de concluir textos de autores que hacen de sus obras una experiencia inabarcable, me refiero a los James Joyce, Lezama Lima, David Foster Wallace, Fernando del Paso, Carpentier, entre muchos otros, quienes tienen ese extraño superpoder de hacer que la lectura de sus obras se materialicen en un acto masoquista, ya sea por la inmersión que esta nos exija, por la erudición que hace imposible continuar la lectura sin antes consultar otras fuentes para comprenderla o por la abrumadora realidad del lenguaje, cuya realización nos vuelve testigos absortos y en algunos casos forasteros de nuestra propia lengua; en la mayoría de estos escenarios el abandono es temporal, o bien un abandono permanente ocasionado por el respeto y la incomprensión.

Los malos libros se abandonan por una sola causa: por ser malos; sin embargo hay lectores que sin importar lo enfadados o el aburrimiento al que puedan estar expuestos se empeñan en terminarlos, continúan estoicamente hasta el último punto, para así cerrarlos definitivamente y aventarlos a cualquier lugar de donde seguro nunca más saldrán. El destino de un mal libro, a diferencia de aquellos que apreciamos, es siempre incierto. En ocasiones los regalamos sin ese retorcijón en el estómago que es ocasionado por el arrepentimiento, otras de las veces los ocupamos como portavasos o pisapapeles, también sirven para moverlos de un lado a otro sin darnos cuenta o acordarnos que los tenemos.

Lo interesante es que cualquier libro puede ser un mal libro. De ahí que no importa cuán consensuado esté, siempre algo nos hará emitir un juicio a favor o en contra. Desde luego un juicio de valor literario es una posición personal ante el humus literario y la opinión crítica. Hace algunos años, Mo Yan se hizo con el Nobel de literatura 2012, yo aún cursaba la universidad, y puedo asegurar que nadie conocía a ese chino, ni los hípsters más recalcitrantes. No había variedad de traducciones en español o ediciones artesanales y/o orgánicas, pero la demanda de su obra era evidente. De alguna manera me hice con una copia que encontré en la web de su libro Rana, desde luego intrigado por saber qué demonios escribía el nuevo Nobel me puse a leerlo; no habían pasado ni tres páginas cuando cansado decidí dejarlo a un lado y borrar el PDF. Puedo decir que era aburrido, qué digo aburrido, ¡aburridísimo! Así decidí que Rana es un mal libro. Jamás me interesé por leer alguna otra cosa de ese autor, otro efecto muy común producido por los aquellas infortunadas obras; evidente esto no impidió que Mo Yan tuviera sus “moyanliebers”.   

Asimismo, un mal libro está sometido a malos momentos de lectura, hay aquellos que son leídos en un tiempo y contextos equívocos u otros que están sujetos a estados de ánimo poco empáticos. Todo libro corre el riesgo de ser malo. También hay malos libros que son malos por el hecho de que el autor nos cae mal y simplemente no los leemos: “Fulano de tal (ponga el nombre del poeta de su elección) sacó un nuevo libro, pero pienso que es un pendejo y por eso cualquier cosa que escriba o diga es estúpido, ergo sus libros son malos” y así es, punto (eso también es parte imprescindible de la literatura).

Los malos libros nos son imprescindibles, tanto como los malos autores, o más. Actualmente la literatura está repleta de malos libros. El relativo fácil acceso a las tecnologías ha propiciado una ola de estos bichos, libros que predican la mala literatura (y el horroroso diseño al más crudo estilo Anagrama) para cualquier gusto y particularidad; este suceso es tan agudo que cuando uno se encuentra con un libro realmente bueno lo valora y aprecia más, aunque este a su vez sea un mal libro para otro lector; me imagino que esta práctica se debe a la imposibilidad (y bendición) de armar un nuevo canon. Así pues, mantengo la idea y el espíritu de este texto: los libros malos son un mal necesario para literatura y mientras esta exista los malos libros siempre nos rodearán.

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