JUAN CANFIELD ZAPATA, ESCULTOR

 

FOTOS: © RICARDO GUTIÉRREZ CHÁVEZ

De la Condesa, y actualmente de Monterrey. Mexicano y artista, dos condiciones que no siempre van juntas, pero en él son causa de su obra. No es descendiente del “Atila del sur” pero son de la misma energía, en Juan el hierro forjado de conciencia social arranca las monedas de los aristócratas para entregar al pueblo arte trascendental.

Juan no es sencillo, es humano, es decir, es profundo y no lineal, y no se oculta detrás de la máscara de la aparente simpatía por los pobres, él se muestra con orgullo, franqueza y sensibilidad, no con palabras ni poses, sino con metal y diseño.

Canfield fue el creador del Coloso, símbolo de identidad, que ha sido sepultado a causa de la corrupción del gobierno. Guerrero de magnas dimensiones que fue desmembrado y ocultado para no recordar que en la esencia de los mexicanos vive el espíritu que puede provocar el restablecimiento de la dignidad social.

La forja es lo suyo, el atanor de fuego, en sus manos, logra transformar lo denso en sutil, la masa informe en figuras que inciden la historia. De sus mágicos oficios, de la mente y después de sus manos, se gestaron, y siguen naciendo, esculturas que habitan varias ciudades de México.

Juan es el autor del tigre que resguarda los valores de la Universidad Autonoma de Nuevo León y también colocó varios animales en el zoológico de Chapultepec. Esculturas que nos recuerdan la vulnerabilidad de los seres humanos ante la belleza y fuerza de la naturaleza que merece admiración y, sobre todo, respeto.

Canfield usó las herramientas de vulcano para plasmar en palabras su sentir; con particular dedicatoria a Rafael Tovar y de Teresa, ex director de CONACULTA, Juan nos comparte su texto, rico en simbolismos y con un profundo amor al arte escultórico.

 

 

EL DESAFÍO DE RECREAR LAS FORMAS

"Que importa que este trabajo requiera de la imperiosa necesidad humana de “grafitear” el tiempo y de rayar los muros cavernarios del universo. De hacerlo con el cerebro y con el cuerpo, con los músculos y los huesos. De golpear las formas y a veces reventarlas y percutirlas y frotarlas. Así como las propias formas los golpearán a ellos y los percutirán y los sangrarán y los mancillarán eternamente, También los matarán.

Que importa, tú, pequeño engendro, individuo de la enorme ciudad pestilente. Escondido tras las barreras, de nuevo alcoholizado e insatisfecho, ¡destázalos con tus palabras! rómpelos, reviéntalos a ellos, y devora pronto lo que no es tuyo, apúrate, tu puedes. Pareces un embutido y que importa, demuéstralo pues y corre la voz.

 A los primeros, un día los ojos les demandaron aumentos, las caderas les tronaron y les salieron cayos oscuros en las nalgas. Aun así, gozaron serenos, divertidos. Complacidos bajo el sol ardiente y empapados en sudor, transitaron los desiertos en bicicleta. Polvorientos y “nejos” pero contentos porque no se quedaron nunca con las ganas, porque casi todo lo pudieron.

En los otros, los de enfrente, reposará la mala levadura que describió Francisco, y prevalecerá eternamente por el resto de los tiempos, con sarcástica supremacía.

Y tú, otra vez por aquí, nunca tanteaste con las manos las piedras y los martillos y de nuevo te nos volviste encima y nos embestiste con furia. Desde tu púlpito fraguado en la podredumbre, gritaste solo, con autoridad, pero chiquito. Despeinaste tu penacho de rayas blancas, emperador divino. Los contaminaste un poco más, que importa, si fue solo un poco más.

Solo les dijiste que sí. ¡ya basta! no les digan más que no.”

Juan Canfield, agosto 2016

 

 

 

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