¿A cuál México celebrar?

Texto y Fotos por: Mario García-Toribio

Cuatro puntos cardinales: norte, sur, este, oeste; cuatro elementos: agua, aire, fuego, tierra. Casi dos millones de kilómetros cuadrados de territorio. Todo ese conjunto fue comprimido en la plancha del Zócalo capitalino.

Ese compilado de emociones, esencias, sonidos y sabores, representa a México. La Fiesta de las Culturas Indígenas y Pueblos Originarios celebrada del jueves 27 al domingo 30 de agosto es un evento donde, quien pudo ir, tuvo la oportunidad de encontrarse como mexicano. ¿Pero con cuál México?

¿Es México aquel que era antes de la llegada de los españoles, cuando los habitantes de la gran Tenochtitlán dominaban el Valle de México? La respuesta es no. ¿Es entonces aquél México de la conquista? Tampoco.

Antes de responder esa pregunta, el paseo a través de las carpas y el templete que se ubicó frente a la Catedral Metropolitana envolvía a los paseantes en un ambiente de fragancias y vibraciones propias de sentirse cerca de los suyos.

El elemento agua se hacía presente en las bebidas frías hechas con cacao; la tierra en los acociles y chapulines listos para servirse con limón y chile piquín, también dulce de calabaza y las hierbas medicinales; el aire y el fuego en el humo producto del incienso quemado con fuego; todo esto ofrece México a sus visitas, es la forma de abrirle la puerta a los invitados.

Hace 500 años se hacían cosas parecidas a las practicadas en la Fiesta de las Culturas Indígenas en donde hoy está ubicado el Zócalo, a unos pasos de lo que fue el Templo Mayor para la cultura Mexica. Chamanes cubriendo con humo de incienso a los turistas, curanderos acariciando el cuerpo con hierbas a quienes depositan su fe en ellas. Hay figuras de alambre con la imagen de la festividad del Día de Muertos, temazcales de muestra esperando visitantes, traductores de lenguas indígenas y canciones de distintas regiones del país.

Entre el aroma las distintas variantes del mole y hierbas medicinales, un estante resalta por el sonido que emana de ahí. Se trata del puesto de don José Delgado, de 59 años, un músico jubilado que dedica su vida a los sonidos prehispánicos.

Junto a una artista plástica y un arqueólogo, se encargan de diseñar piezas musicales y de decoración a partir de figuras representativas de las culturas prehispánicas.  “Ella trata de darles buena presentación, el arqueólogo hace la investigación histórica y arqueológica de los instrumentos y yo como músico busco un sonido limpio y puro”, explica don José.

La intención de su proyecto, iniciado hace 28 años, es rescatar los sonidos ancestrales de nuestro país a través de la elaboración de instrumentos musicales artesanales. “Los fabricamos a partir de barro, el proceso inicia con el diseño, la construcción y por último la quema o cocimiento del barro para que tenga consistencia fuerte”, asegura el músico originario de Xochimilco. Mediante eventos como este, venden su productos para reinvertir lo recaudado en la fabricación de los mismos y seguir con su misión.

La elaboración de cada pieza varía según la habilidad de su creador, después de eso, las piezas necesitan una semana para que se seque el barro y  luego pasan al horno para estar al menos siete horas al fuego y puedan usarse.

“Hay artefactos con notas agudas y otros que producen sonidos y no notas musicales, que son llamados artefactos sonoros”, dice José mientras prueba cada uno de sus instrumentos, sólo se escucha el viento o el sonido de un animal cuando sopla a través de un par de ellos. “Hay una cámara donde se produce el sonido, una cámara acústica, un conducto por donde viaja el aire y agujeros para cambiar los tonos”, continúa explicando.

Además de las piezas musicales, la cerámica es otro producto que las personas como don José vienen a exponer a la Fiesta de las Culturas Indígenas. “Tienen forma de representaciones que para nuestros ancestros fueron importantes, como la doctrina de Quetzalcóatl, que fue una entidad creadora, y nosotros consideramos que es importante recuperarla, porque sabiendo de dónde venimos, sabremos a dónde ir”, reflexiona el artesano.

Casi frente al astabandera, un grupo de yaquis está por iniciar su danza de los Matachines. Los hombres alineados en dos filas visten huaraches, pantalón de mezclilla y camisas de manga larga. En sus manos cargan una especie de crucifijo adornado con colores y una “sonaja”. En la frente les rodea un paliacate que recorre su cráneo hacia atrás para seguir su camino alargándose hasta su espalda. Un sombrero especial diseñado por ellos les corona la cabeza.

A ritmo de violín comienzan su danza con el sol de mediodía sobre ellos y el suelo caliente recibiendo los golpes de sus pies. El rítmico conjunto del golpeteo del huarache contra el piso de la plaza del Zócalo, sumado  las sonajas y el violín, hace pensar que en el pueblo originario de los yaquis están bailando la misma danza, escribiendo la historia de su pueblo con cada azote que dan a sus manos para hacer sonar el ambiente.

Su historia forma parte del país, y desde hace años cada cultura indígena lucha contra el mismo pueblo que se enorgullece de ellos cada septiembre, así como los danzantes matachines luchan contra el sol de ese domingo de agosto.

Acerca de la discriminación hacia los indígenas, don José expresa su opinión: “debemos adquirir consciencia mayor, porque cuando vemos a un hermano indígena no queremos hablar con él, hay que tirar fronteras mentales como la discriminación; a través de estos encuentros, podemos tratar de concientizar sobre esa igualdad que tenemos con nuestros hermanos de los pueblos originarios. Todas las razas estamos navegando en esta nave espacial que es la Tierra. En sud américa y en México se consideró a la tierra como madre Tierra, entonces deberíamos tratarnos como hermanos si venimos de la misma madre”, reflexiona.

Cuando la palabra 'indio' es usada como insulto, pareciera que la mezcla de culturas iniciada con la llegada de los españoles a México sigue doliendo; y la pregunta a ¿cuál de todos, pues, es México?, sigue sin respuesta, porque hay muchas maneras de responderla. Escritores como Octavio Paz, Samuel Ramos y pintores como Diego Rivera han intentado responder qué es lo mexicano; algunos de ellos desde una versión elitista, otros encerrando su concepto a la inversa, desde la gente pobre.

Dar una respuesta certera tendrá que esperar. México no es sólo su versión indígena, como tampoco lo es su versión urbana. Sensibilizarse sobre las decisiones tomadas acerca de lo que sucede con nuestros pueblos originarios es un buen ejercicio a partir de actividades como esta.

Muchas cotidianidades nacieron en esa parte de México, ese fragmento del rompecabezas que cuando llegó la mezcla de culturas en el virreinato enriqueció las costumbres, ritos, sabores, sonidos y sensaciones de nuestro país. Es necesario experimentarlas, son nuestras. Y sería una lástima no conocerlas, o hacerlo cuando ya no existan, y estén expuestas en museos o recuperadas en documentales. No son entretenimiento turístico, son nuestra historia, parte de la identidad de lo que se celebra cada 16 de septiembre. 


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