La Musicalidad Argentina y su Expresividad Universal

Por: Francisco Tomás González Cabañas*

 

La música, el lenguaje unívoco del espíritu, él desgarrado estertor de las profundidades del alma. La manifestación más abarcadora y totalizante, rapto de locura del habla de las deidades, senderos enmarañados de armónicos paisajes, música al fin, de esa que sólo existe gracias a las aventuras o desventuras de sus intérpretes.

Argentina musicalmente es un crisol de sonidos, extraídos de vertientes diferentes de ritmo, de letras y de la condición social de los cantores. Otra de las tantas prebendas de la democracia, que posibilitaban la conformación los varios tipos de música, con sus consiguientes seguidores que catapultaban a los grupos a un cierto éxito.

El rock había tomado fuerza con el vendaval de los Beatles, mimetizados con rasgos contestatarios e ilusiones utópicas, propia de los setenta, lograba adjudicarse un respetable público. Tanto en calidad como en cantidad, pues los fieles seguidores levantaban las banderas de la lucha, de la transformación social y del deseo de algo mejor, contando para ello una fuerza propia de la juventud y una exaltación más que idealista.

Los exponentes de tal movimiento con letras concisas y claras expresaban el disgusto social con loables acordes musicales, por tanto, con excelente calidad. Giras, estadios repletos, ventas inusitadas y toda la parafernalia del mercado fueron convirtiendo a tal fenómeno en una cuestión de números. La gente empezaba a ser vista como el valor de la entrada y las canciones con jugosos contenidos, un canto a la gloria para las grandes empresas responsables de las ediciones de los éxitos. El rock internacional conseguía adeptos capaces de comprender idiomas ajenos al propio, describiendo horrores particulares que los consumidores se veían obligados a generalizar y con ello formaban clanes o sucursales que llegaban a tener un poder suficiente como para clamar la presencia de los intérpretes, que seducidos por un público nuevo y por las grandes sumas que estos erogaban, confirmaban su presencia tan aclamada, como necesaria. Las tribus iban poblando con firme convicción los espacios de un nuevo terreno.

 

Enfundados con remeras, gorras, binchas y todo tipo de insignias, conquistaban bares, calles y hasta barrios, en donde expresaban, cantando con epicismo, la adoración al grupo musical perteneciente. Las canciones se transformaban en himnos, las giras en cruzadas y los cantantes en deidades. La nueva religión, con varios cismas por dentro, no exigía sacrificios a sus adeptos y, sin embargo, adquiría la completa fidelidad de más y más evangelizados individuos. Seducidos quizá, más por una necesidad de identificación que por un argumento firme, día a día rendían tributo a los nuevos habitantes del paraíso terrenal.

Ofrendas que surgían en forma espontánea y que lentamente oficializaban las actividades de cada uno de los templos, Las homilías repetían hasta el hartazgo temas como; amores no correspondidos, actitudes iconoclastas y la injusticia del mundo. Los fieles, lejos de mostrar aburrimiento, estallaban de emoción ante cada palabra santa, se comulgaban en forma frecuente, escuchando algún que otro tema, y nunca escatimaban esfuerzos en entregarse en forma absoluta a los dictados provenientes del cielo, es decir, a las opiniones de los cantantes, devenidos en dioses.

La llamada música popular revalorizaba los aspectos del paganismo, cosechando fieles que exacerbaban la pasión hasta el paroxismo. La escasez económica, la cruel desaprobación y discriminación a los cuales se veían expuestos y sometidos no hacían menguar la fe, por el contrario la alimentaban hasta grados inimaginables. Acusados de pertenecer a una orden religiosa que desprestigiaba la música, combatían contra viento y marea por lo que hasta la vida dejaban. Por lo general morochos y de largas cabelleras, de la casta sagrada de los estratos sociales más bajos, cantaban sencillas historias de amoríos y de la condición de la hombría, transformando a los ritmos de la cumbia, la salsa y el cuarteto, en oraciones y mandamientos, tan claros y prístinos como sagrados e inviolables. Iglesias de chapa y de material, semejantes a grandes galpones, con algún que otro foco pintado y con varios parlantes, servían para oficiar la misa. En donde los fieles en vez de persignarse se desgargantaban, tomando alguna bebida barata a modo de comunión, con carteles escritos y banderas pintadas realizaban la señal de la cruz y con llantos de emoción y lágrimas de agradecimiento, juraban fe eterna a los cantantes prendidos a los micrófonos, o lo que es lo mismo a los dioses en las palabras del monseñor.

Pero si la comparación de las religiones con la música es válida, había descrito al cristianismo, al paganismo, olvidando él fundante y milenario judaísmo.

El tango, ese ritmo que tanto nos identificaba, esa mezcla única de bolero, jazz y canto poético, esa comunión de instrumentos varios que se realzaban con la voz grave de algún célebre porteño engominado. En estos últimos tiempos tomado como una reliquia, como una cita obligada con el todopoderoso, olvidado por la frescura y por el heroísmo de su hijo. Recordado sólo por los melancólicos seres solitarios que con la compañía de un vaso de whisky y bajo una pena económica, de amor o sometido a una cruel traición, oraban a los dioses de antaño que con toda crudeza y con excelsa armonía, cantaban las miserias de la vida. Gloriosas tumbas, visitadas por turistas extranjeros, que buscaban en un sinfín de émulos, poder escuchar las recreaciones de las voces del linaje fundador de la religión moderna de los pueblos; la música.

Es innegable que la música, más allá de las satisfacciones espirituosas que produzca, puede convertirse en una poderosa arma de imperialismo cultural. Al ser una producción proveniente de los recónditos más esenciales del espíritu humano, y por ende de las costumbres, usos, tradiciones y pensamientos del creador o autor (influenciado por la sociedad o cultura en donde nace, se educa y desarrolla) introduce por intermedio de logrados y armoniosos acordes, sensaciones, experiencias y deseos, a través de lenguas foráneas, pautas culturales y hasta educativas a los diferentes adeptos diseminados en los distintos países del mundo. No por casualidad, las músicas de intérpretes internacionales, que brindan y otorgan a sus autores facilidades de toda naturaleza, para que esas voces alcancen los rincones más de entender recónditos del universo. Y con ello, logran introducir también una forma de entender la vida, la filosofía social, un acervo moral, y hasta ideologías políticas.

Nuestro país no escapa a esta realidad descripta, sin que sea necesario verter datos estadísticos, en cada oportunidad que un conjunto de música internacional se hace presente, los lugares en donde se llevan a cabo los recitales, atesoran una concurrencia masiva de espectadores, generando una especie de furor, que se mide hasta por los acampamientos de los seguidores en los sitios en donde descansan los visitantes. Tanto lo mismo ocurre cuando alguna afamada banda o conjunto, lanza algún material discográfico nuevo, los negocios se atestan de un público ávido de poseer la novedad.

Sería una hora propicia para que los dirigentes, políticos y sociales, piensen a la música en función de una política de estado, que no sólo sea una linda excusa para juntar gente, y camuflar un recital con un acto político, la música nos habla desde el sentimiento y por ella y sus ritmos, las diferentes expresiones de las comunidades que conforman un pueblo. El universo musical se debe una explicación desde la fundamentalidad de lo filosófico, indagar la substancia de la que podría estar conformado, no es más ni menos que una obligación de todos aquellos quiénes se consideren trasvasados por la musicalidad, en una de esas, terminan haciendo historia y de la grande, o mejor dicho fronteras afuera, como hubo de ser esparcido los diferentes acordes, pero en este caso desde el origen, desde lo fundante y fundamental.

Ya lo dijo Nietzsche que la Vida sin música sería un error, y los pitagóricos consideraban que la perfección de los números, y su predicabilidad armoniosa del cosmos, debía su lógica a un orden  musical.

 

 

*Francisco Tomás González Cabañas.

Corrientes Capital. Argentina.

Estudios Cursados: Licenciatura en Filosofía (USAL) (1998-2001). Licenciatura en Psicología (UP) (1998-1999). Publicó su primera Novela “El Macabro Fundamento” en el año 1999. Editorial Dunken. Segundo libro “El hijo del Pecado” Editorial Moglia. Octubre de 2013. Tercer libro “El voto Compensatorio”, Editorial Ediciones Académicas Españolas, Alemania. Abril de 2015. Cuarto libro, “La Democracia Incierta”, Editorial SB. Junio de 2015.

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