Y entonces te enamoras de París…

Por: Jorge Roberto Vanegas Bravo

Fotos: ©2015 Jorge R. Vanegas

Edith Piaf le cantaba a un amor perdido cuando decía: “…Tu es partout car tu es dansmoncoeur, tu es partout car tu es monbonheur…”[1]; y, aunque París no sea un amor perdido, dejar la magia que sólo esa ciudad posee, saber que pasará mucho tiempo antes de volver a sentir esa emoción en el corazón, es casi como perder a un amor de los que hay pocos en la vida.

Era temprano por la mañana, descendía del avión, mi segunda aventura por Europa; y sabía que amaría esta experiencia por sobre todas. Y es que, podrán existir mil reseñas de esa maravillosa ciudad, pero vivirla y dejarla entrar con todos tus sentidos es una experiencia de amor inigualable.

Al igual que con Madrid, la joya de Francia es mucho más que su Torre Eiffel, que Montmartre, que Les Champs-Elyées o que la mítica Notre Dame. Andando por sus calles y coloridos parques, cada uno de tus sentidos quedará inundado con la belleza de esta milenaria metrópoli.

 

Así que una vez instalado en mi hotel en el 13erarrondissement,y decidido a vivir de la mejor forma la experiencia parisina, me dirigí a la estación Glacière para trasladarme mediante el Métropolitain hasta el corazón de la ciudad para, a partir de ahí, descubrir la inmensa historia que cada uno de sus rincones esconde.

   Y fue fácil decidir por dónde comenzar, por lo que al salir de la estación me encontré justo a mitad del Sena en la Île de la Cité. Así, al caminar un centenar de pasos debía encontrarme con la gótica Notre Dame. Más allá de pagar la cuota obligatoria para poder entrar en la catedral (lo cual debo confesarles, no realice y no creo arrepentirme de ello), observar la hermosa simetría que acompaña a sus campanarios, el impactante colorido de su rosetón o encontrarse con la estatua de Carlomagno en su atrio, ese primer impacto visual con una iglesia que ya cuenta más de ocho siglos, simplemente roba el aliento.

Sin embargo, uno debe prepararse para volver a sentir constantemente esa pérdida del aliento a cada paso que se da, y les explicaré por qué. Caminaba a mi siguiente parada, que sería el maravilloso Jardín de las Tullerías, por lo que decidí cruzar el río por el Pont Neuf y ahí la ciudad me regaló, quizá, una de las mejores postales que guardé en mi memoria por el resto de mi vida; mientras el sol brillaba en la tarde francesa, el reflejo de sus rayos iluminaba el Sena, y la Torre Eiffel a sus espaldas presagiaba una refrescante lluvia, que minutos después caería sobre mí, pero que le daba un toque único a ese cuadro que se “pintó” en mis ojos.

 

Y cómo bien se los advertía antes, esa caminata no dejaría de sorprenderme una y otra vez; al doblar la esquina en la Rue Saint Honoré un delicioso aroma inundó mi cabeza, no sabía que era pero imagine por un instante a una aparición angelical y si bien al final no era nada sobrenatural, una hermosa madmoisselle caminaba justo frente a mí, en mi mente sonaban las notas de La vie en rose de la Piaf, y sólo atiné a pensar “creo que me enamore de París”. Tuve que detener mi marcha para recobrarme por un instante y poder concluir con mi paseo antes de internarme en el Louvre; y aunque sé que ustedes pensarán que debí salir de los lugares más conocidos, no podía perderme observar algunas de las piezas más impresionantes del arte.

Es una en especial la que, en mi humilde opinión, se llevó por completo la visita. Caminando entre cientos y cientos de turistas, enmarcada por una suave luz natural proveniente de un enorme ventanal, ahí estaba un conjunto de mármol, que aún cuando sabes no tiene vida, sus protagonistas parecen amarse a través de la leyenda, del tiempo y de la inmortalidad que les proporciono el artista. La mirada que Eros lanza hacia Psique, la delicadeza del roce de sus manos con el cuerpo de la amada, la casi tibieza que se percibe en su piel; es indescriptible la sensación que inundó mi pecho, y lo que Canova consigue transmitir, no sólo a este humilde espectador, sino a la humanidad con su trabajo perfecto.

 

La última pequeña experiencia que me tenía reservada París antes de ir a descansar por ese día, era en el lugar menos pensado. Viajaba por la línea 6 del Metro, en un tren que vio pasar sus mejores años de servicio; iba sentado observando el atardecer de la ciudad desde esta línea elevada del metropolitano y por increíble que parezca, una de las mejores vistas de la arquitectura parisina de improviso llega hasta tus ojos mientras transcurres las viejas vías de acero. Es verdad que no cuenta con el glamour de observar la ciudad desde la Iglesia del Sagrado Corazón o desde el Arc de Triomphe, pero creo que sólo te dejas llevar por el momento, de recordar a cada segundo que transcurre que estás en la ciudad más hermosa del orbe, y entonces recuerdo sólo haber cerrado mis ojos y volver a sonreír porque no podía estar en un mejor lugar, el sol nos regalaba a todos en el vagón sus últimos rayos de luz, iluminando al final del día la Cité; y suavemente, poco a poco Edith Piaf volvía a sonar con toda justicia en mi mente y en mi corazón, y nadie podía imaginar mi felicidad…

“…Non, je ne regrette rien; car ma vie, car mes joies, aujourd’hui ça commence avec toi…”[2]

 


[1]“…Estás en todas partes porque estás en mi corazón, estás en todas partes porque eres mi felicidad…”

[2]“…No, no lamento nada. Porque mi vida, porque mis alegrías hoy comienzan contigo…”

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